Imaginamos un día cualquiera.
Un día de los de rutina.
Un día nada especial.
Nos despertamos y nos enfrentamos con nosotros mismos,
con nuestros desánimos,
con nuestras ilusiones,
con nuestras obligaciones.
Todavía tumbados en la cama
mantenemos un diálogo con nosotros mismos
que aveces no es fácil.
Nos miramos en el espejo:
¿me acepto?
¿me quiero?
¿encuentro sentido a lo que me espera en el día?
¿qué me mueve a vivir como vivo?
¿SOY COMPETENTE ESPIRITUAL?

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